
Mis ojos volvian a dar señales de vida.
Mi cuerpo parecia tomar extrañas formas, llenas de vitalidad.
El zombie que habia sido todo este tiempo
estaba en su tumba, bien enterrado, bien muerto, bien olvidado.
Las cicatrices habĂan cerrado porque de nuevo creĂa en mĂ.
Cuando era niña mis padres me enseñaron a creer en ellos, en que jamás me faltarĂa nada mientras fuera su responsabilidad. Me enseñaron que existĂa un Dios en las alturas, algo tan maravilloso que mis ojos no verĂan hasta el dĂa en que Él descendiera de los cielos, por eso debĂa ser buena.
Me hicieron creer en que habĂa leyes que debĂa respetar, momentos en que debĂa callar, sentimientos que debĂa ahogar.
Me enseñaron a creer en todo, menos en mĂ.
Tal vez eso me hizo ser quien soy.
Aunque aveces parece que no sé quien soy, que no me conozco, que me miro al espejo y veo solo la sombra de lo que fui.
Pero yo estaba cambiando, ya no era más esa sombra, ya no era ese cuerpo sin vida que se movia por inercia. Ahora algo habia cambiado.
HabĂa una chispa en mi, algo que me hacia maravillarme por el aire que entraba por mis pulmones.
Y aunque no tenia sentido me sentia bien.